15 oct. 2013

‘LA SINCERIDAD DE LAS CARTAS PERSONALES’ por María Aixa Sanz


Carta personal: Papel escrito, y ordinariamente cerrado, que una persona envía a otra que conoce para comunicarse con ella. Preferiblemente escritas a mano con tinta azul o negra. Firmada, plegada y guardada en un sobre sin ventana. No fue hasta el siglo XIX cuando las cartas se guardaron en sobre, antes iban dobladas y lacradas con un sello.

Es agradable leer incansables veces de la carta de San Pablo a los Corintios a la carta de una desconocida de Stefan Zweing; a el volumen de cartas que Helene Hanff escribió a la librería situada en el 84 de Charing Cross Road; a la carta que nunca recibió el coronel de Gabriel García Márquez; a las cartas que el vizconde Valmont le escribe a la marquesa de Merteuil en ‘Las Amistades Peligrosas’; a las cartas de nuestros padres conservadas primorosamente; hasta incluso las cartas que uno es el destinatario y las guarda entre las hojas de los libros.

¿Adónde irán a parar todas aquellas palabras nunca escritas en una carta?

¿Adónde irán a parar las cartas que nunca escribimos?

Si echamos la vista atrás, la memoria trae al presente imágenes de manojos de cartas atadas con una cinta roja de terciopelo; cartas perfumadas; cartas deslizándose con sigilo por debajo de una puerta; cartas de color rosa, regalo de primera comunión; cartas de un primer amor; cartas de amistad.

Las cartas siempre se han esperado con anhelo y su llegada por sorpresa siempre ha sido motivo de excitación. Porque las cartas poseen un tesoro en común: su sinceridad. Uno escribe una carta rellenándola de palabras sinceras que cuentan sus sentimientos: alegría, pesar, problemas, ilusiones, amor, desamor. En el tono en que se quiera, formal o informal, enfadado o desenfadado, divertido o triste. Puede rellenar folios enteros de palabras sin sentirse por un momento estúpido. Hablar con alguien por medio de una carta significa que no habrá silencios, ni interrupciones, sino que uno sabe de sobra que por unos minutos el destinatario le prestará toda su curiosidad, y por una extraña magia verá en persona al remitente que tanto conoce. Las palabras les acercaran de nuevo en la distancia.

Si preguntas a la gente casi nadie escribe cartas en el siglo XXI, pero estos mismos se sienten patosos si tienen que hablarle a un buzón de voz. Ya que al revés de las cartas es como si uno no hablase con nadie. Es como un locutor de radio que no tiene ninguna certeza de que alguien le esté escuchando. Y las palabras orales suenan torpes, salen de forma ficticia, y al final nunca se acaba diciendo lo que uno quería decir. Las palabras al aire tiñen de ridículo el ambiente donde son depositadas. Es claro el ejemplo, en que la ridiculez aumenta en la mayoría de personas, cuando graba y escucha la voz en una cinta de un magnetófono, en cambio no ocurre cuando se escribe una carta. Tal vez sea porque las palabras escritas sabemos que serán leídas por alguien aunque no sea ni la persona a la que iban destinadas, ni en el tiempo en el que han sido escritas y también sabemos que quizás estas mismas cartas serán leídas infinidad de veces a lo largo de los años. Las palabras escritas perduran en el tiempo, las orales como dice el proverbio se las lleva el viento.

Ahora hay un nuevo resurgir de las cartas en forma de e-mails, con lo cual todavía quedan esperanzas.

Pero qué bonito sigue siendo abrir el buzón y encontrarse una carta de alguien querido.

¡Qué bonito sigue siendo! 
¡Qué sincero!

Acabaremos añorando todas las cartas que no hemos escrito. Acabaremos pensando que han sido oportunidades perdidas.

© María Aixa Sanz

Artículo escrito en octubre de 2005

LA SINCERIDAD EN LAS CARTAS PERSONALES en la radio.