14 oct. 2013

‘LAS MUJERES QUE LEEN SON PELIGROSAS’ por María Aixa Sanz

¿Quién no se ha visto embargado por un extraño sosiego lleno de belleza al observar a una persona cercana y amada cuando está ensimismada en un libro?

¿Quién al pasear por una alameda, un parque o una estación de ferrocarril ha envidiado la serenidad de la persona que ha encontrado en su camino sentada en un banco, en una piedra o en un asiento de tren, inmersa en una historia ajena impresa en las páginas de un libro?

¿Quién en ese momento no ha querido cambiarse por ella o descubrir cuál era la historia que le tenía ausente del mundo?

En el universo hay millones de momentos donde si nos fijamos podemos contemplar como en las pupilas de las personas se reflejan palabras de sus lecturas. Palabras ajenas, escritas por otros, que las han hecho suyas como lectores. He tenido muchas veces ganas de fotografiar a todas esas personas que depositan su alma por unas horas en un libro ya sean mis personas queridas o extraños que he encontrado en mi caminar. Un deseo que también lo han sentido a lo largo de la historia un gran número de pintores y han pintando hermosos cuadros, hermosas estampas de gente leyendo.

En efecto muchos pintores tuvieron y han tenido el hondo deseo de plasmar en una imagen el placer, el sosiego y la belleza que se desprende cuando se observa a alguien leyendo, sin embargo: comprendieron, que si la persona era una mujer abrigaba en su cuerpo una especie de magia y poder infinitos pues traspasaba un límite establecido y se comprometía con ella misma y con la historia, dando un paso adelante cada vez que entre sus manos sostenía un libro y sus ojos discurrían con agilidad por las líneas compuestas de palabras. Cagnaccio di San Pietro, Edward Hopper, Ramón Casas, Rembrandt, Vilhelm Hammershoi, François Boucher, Johannes Vermeer y un largo etcétera retrataron y siguen retratando a sus hermanas, amantes, hijas, amigas, conocidas, incluso a anónimas desconocidas en esa actitud.

La razón: retratar la transgresión, la osadía, la no claudicación, la insumisión que se fraguó en el seno de las familias en el año 1432 cuando una madre dejó en herencia a su hija sus libros y este hecho se convirtió en costumbre. Las hijas heredaban solamente los libros de sus madres, los romances, nunca las biblias ni los libros de oraciones que perteneciendo al patrimonio familiar pasaban al heredero varón. Así se convirtió en tradición que las madres entregaran sus libros a sus hijas y éstas a las suyas. Una madre le decía a su hija: «Heredaras mis libros» y con estas palabras le traspasaba a escondidas toda la libertad que encerraban sus páginas.  

Abrir una novela, sentarse, tumbarse, recostarse con ella y en ella durante años fue una transgresión, fue el hábito más peligroso que podía tener una mujer. Si usted, sí, usted, quien en este momento está leyendo este artículo, es mujer y lectora, siéntase una privilegiada pues su actitud es la consecuencia de la transgresión de todas las mujeres que durante siglos han sido llamadas peligrosas.


© MARÍA AIXA SANZ
Artículo escrito en mayo de 2007.