17 de noviembre de 2013

INOLVIDABLES: “AL ENVEJECER, LOS HOMBRES LLORAN” de Jean-Luc Seigle

«Su deseo de leer no era lo único que retenía a Gilles en su cama. Por la ventana de su habitación, y sólo por esa ventana, podía ver más allá del cerezo, incluso más allá de su padre. Podía ver al señor Antoine, el nuevo vecino, salir todas las mañanas a eso de las nueve e instalarse bajo el cenador con un libro. Seguro que un libro diferente cada día. Si Gilles nunca había visto a un hombre llorar, tampoco había visto a nadie, y menos aún a un hombre, leer un libro. El hombre, de bastante buena estatura y cabellos blancos, lo intrigaba, pero no porque leyera, sino porque tenía un aspecto feliz. Tomar conciencia de la felicidad de ese vecino discreto y silencioso le obligó a calcular la ausencia de felicidad que había en él, en su madre y en su padre. Se decía que quizás la causa fuese Henri, movilizado a Argelia. Pero no recordaba ninguna imagen de felicidad de antes de la incorporación a filas de su hermano mayor. Esa felicidad, por tanto, no podía provenir más que de la lectura. »


Hermosa novela es la publicada por Seix Barral, del francés Jean-Luc Seigle: ‘Al envejecer, los hombres lloran’. La historia narrada por Seigle es una historia de secretos, de cosas no dichas que se ponen al descubierto porque sus personajes las ven y las intuyen con los ojos del corazón y es entonces cuando las entienden con esa clarividencia absoluta que llega a veces a nosotros sin entender muy bien su porqué. Albert, Gilles y el señor Antoine son los tres personajes en los que se sostiene esta narración sobre la familia Chassaing que transcurre en un solo día. Tres personajes extrañamente ligados siendo cada uno la prolongación del otro, dejándose la vida y las enseñanzas como legado los unos a los otros. No puedo decir que todo empieza a cambiar el día de la narración, sino debo decir que el día en que se produce la narración es el día en que todos los cambios detonan.


1- Albert despierta llorando. «Al envejecer, los hombres lloran. Era cierto. Quizá llorasen todo lo que no habían llorado en su vida; era el castigo de los hombres duros.» Llora por el orgullo, amor y respeto que siente por su hijo de diez años tocado por la imaginación y los libros siendo como son una familia de clase obrera. Su condición social es lo que hace a Albert de algún modo protegerlo, por ello decide ponerlo bajo la tutela del señor Antoine un profesor retirado que acaba de afincarse en Assys. Pues aunque no alcance a comprender sabe de la importancia de los libros por ese motivo, más tarde, defiende a su hijo ante su familia diciendo: «Será un literato», y a Gilles le regala la vida. 


2- Gilles con sus ojos de niño y aferrado a Eugénie Grandet, la novela de Balzac, observa desde el amanecer a su familia y conforme pasan las horas por primera vez en su vida entiende los sentimientos de cada uno de ellos, tras pasar por la casa del señor Antoine y sumergirse en un mundo totalmente diferente plagado de libros. «Gilles comprendió entonces que cada novela que leyera lo ayudaría a entender la vida, a sí mismo, a los suyos, a los demás, el mundo, el pasado y el presente, una experiencia similar a la de la piel; y cada acontecimiento de su vida le permitiría, asimismo, iluminar cada una de sus lecturas. Al descubrir esta circulación continua entre la vida y los libros, encontró la clave que daba un sentido a la literatura; pero, al mismo tiempo, después de la vivacidad de la conversación, de la avalancha de reproches, del vaivén de situaciones que jamás habría imaginado unos minutos antes, tuvo el presentimiento de que la vida, como los libros, era una fuente infinita de rebotes, de improvistos, de secretos enterrados bajo las palabras, de que nada era inmutable y de que todo se transformaba sin cesar.»


3- El señor Antoine es todo un personaje que en sí es una oda a la lectura, al amor por las palabras, y por supuesto a la literatura y que le tiende la mano al pequeño Gilles. «Una mirada no tan avezada como la del señor Antoine nunca habría podido desvelar ese estado inaudito que hace que un niño rompa de pronto a expresarse, cuando por fin puede poner palabras a las cosas innombrables, dar al habla su poder y su precisión por primera vez en su vida; sus conocimientos pedagógicos le permitieron percibir rápidamente, por esa frase, el primer movimiento de un tránsito así que supone el término definitivo de la infancia. Era algo raro y magnífico asistir a ese deslizamiento hacia la vida adulta mediante la asunción de la palabra, más raro que asistir al primer paso de un bebe o a su primer balbuceo.»


Jean-Luc Seigle crea al señor Antoine como contrapunto al resto de personajes, pues es el único que procede del mundo de los libros, es el único junto a Albert —obrero de la Citroën— y Gilles —un niño de diez años— que sabe de la importancia de éstos y del saber que se trasmite con ellos. Por ello el orgullo que Albert siente por Gilles y por el cambio evolutivo que representa es lo que le confiere a la novela dosis elevadas de dulzura y ternura. Y ese mismo amor por los libros es lo que choca frontalmente, como una broma, con la escena principal de la novela en ese día en Assys y en la casa de esta familia: la llegada de un aparato de televisión, el primero del pueblo, en un día asfixiante donde muchos secretos, posiciones y actitudes han sido entendidos por Albert y Gilles.

La llegada de un aparato de televisión y todo un pueblo reunido a su alrededor da pie a la vida para que siga su curso natural y sea lo que tenga que ser. Con la llegada del aparato todo cambia para siempre menos el amor por los libros.

Ese amor por los libros y el respeto hacia ellos y todos los sentimientos de Albert y Gilles que recorren la jornada de un día de verano es la promesa de una buena lectura en la que refugiarse en un día extremadamente invernal. 'Al envejecer, los hombres lloran' es una magnífica novela.


© MARÍA AIXA SANZ